El amor por las palabras le da forma a una vida
Recuerdo que el primer objeto que me fascinó, desde que era muy pequeño, era el libro.
Desde el día que nací, recibí libros de regalo. Algunos fueron los tradicionales libros para bebé – y llegué a tener una colección de libros de bebé con los Muppets, patitos, animalitos, etc. Otro libro que recibí el día que nací fue El Principito, que con la perspectiva de los años entiendo cada vez más por qué fue un regalo increíble. Y la dedicatoria fue algo increíble y hermoso (gracias, Enrique Román).
De niño no había nada que me gustara más que hojear mis libros y ver las ilustraciones, pero sabía que las líneas delgadas negras tenían un poder especial y me fascinaban. Mis padres son ambos lectores voraces, y yo era un niño muy tranquilo, así que los dejaba leer mientras yo jugaba con mis cosas. Sus libros no eran como los míos. No tenían dibujos, sólo millones de líneas y figuritas negras. Pero esas figuritas tenían tanto poder que podían paralizarlos durante horas. Me preguntaba el cómo.
Cuando mi padre llegaba a casa le pedía que me leyera alguno de mis libros. Y en algun momento cuándo tenía 3 años, llegó a casa de malas, y cuándo le pedí que me leyera un libro del Pato Donald por enésima vez, me dijo, “No, hoy te voy a enseñar a leerlo tú mismo”. Y las siguientes horas me estuvo enseñando las formas, y qué sonidos representan y cómo se juntan. Muy tarde esa noche, las figuritas adquirieron significado, en uno de esos momentos de “¡Eureka!”. Desde entonces no dejé de leer.
A los cuatro ya leía todo lo que me pusieran enfrente – generalmente libros infantiles – y mi abuela me empezó a regalar libros para niños algo mayores cada semana, algo por lo que siempre le voy a estar increíblemente agradecido.
Sabía intrínsecamente el poder que tenían las letras cuándo puedes entender su significado. Y cuándo dominé la lectura, desesperadamente quería volverme un escritor para tener yo también ese poder.
A los cinco ya escribía composiciones en la escuela, en vez de palabras sencillas. A los seis, la maestra me pidió que escribiera un párrafo sobre Benito Juárez como el que había entregado en mi tarea. Me dijo que le había gustado tanto mi tarea, que quería que le escribiera otra. Lo hice felizmente – me gustaba ser el consentido de la maestra y me parecía muy bonita.
Años después comprendí que quería ver si yo era capaz de escribir eso, o si mi mamá me había hecho la tarea.
Para ese entonces ya estaba escribiendo cuentos pequeños. A los 9, ya me había acabado todo el material apto para niños en casa de mis abuelos y empecé a leer las viejas enciclopedias de mi papá y mis tíos. Eso me desarrolló una curiosidad tremenda por aprender sobre el mundo a mi alrededor. Y como mi padre es alguien muy independiente que sigue la filosofía de que en lo posible, es mejor hacerlo uno mismo, eso alimentó esa curiosidad. Por esos años instalamos una antena parabólica de seis pies en la azotea de nuestro departamento en un séptimo piso, yo con él ayudándole a pasarle las herramientas. Era increíblemente irresponsable, ahora que lo pienso, pero gracias a eso quise aprender sobre satélites, electrónica, etc., y la conclusión a la que llegué con todo eso fue, “Estas cosas las hicieron humanos que entienden cómo funciona, así que si yo también lo aprendo, yo también puedo hacer cosas así.” Así que encontré libros al respecto y se abrió otro mundo para mí.
A los 13 ya leía cosas que definitivamente no debí de haber leído a esa edad. Pero todo era información y aprendizaje y cada cosa que aprendí me hacía preguntarme otras cosas, y la curiosidad nunca cesó. Tampoco cesó nunca el poder de las letras convertidas en palabras convertidas en significado.
Y todavía quiero ser reconocido algún día como escritor. Sólo me falta darle forma a la historia que quiero contar.
