Música

Por qué odio a Meat Loaf (y a Molly Hatchet)

La primera vez que fui engañado a los 12 años.

Imagina a Diego a los 12 años, descubriendo el rock pesado y el heavy metal. El papá de su amigo Rodrigo era piloto para Mexicana y volaba la ruta de la ciudad de México a Los Angeles un par de veces a la semana, y le traía a Rodrigo discos que luego compartía con Diego.

Así Diego conoció a Metallica, Megadeth, Anthrax y a Guns ‘n Roses. Y no le bastó con eso.

Diego no conoce mucho aún sobre esos géneros, pero sabe que hay una verdad 100% absoluta: una portada con dragones, demonios, cráneos, y sangre promete ACCIÓN METALERA Y ROCK PESADO.

Los CD’s en México en ese entonces eran importados y bastante caros – sobre todo para un puberto de 12 años. Y no era como hoy que puedes buscar al artista en YouTube o Spotify y decidir si vale la pena comprar el disco. El empleado no va a abrir el disco para que lo escuches. De modo que la portada es lo único que te da una idea de lo que el disco contiene.

Diego ahorra sus mesadas, y un sábado en la tienda de discos, mientras su papá ve los discos de jazz, Diego ve en el estante una aparición increíble. Una portada que hace a uno imaginar que Satanás mismo contrató a Boris Vallejo para que pintara el apocalipsis. Letras cromadas. Tal vez un guerrero sobre una montaña de cráneos. Por lo menos un dragón. Relámpagos sobre un cementerio. Una motocicleta voladora siendo perseguida por una gárgola.

Diego a los 12 años inmediatamente piensa:

“ESTE ES EL DISCO”.

Toda la evidencia lo comprueba. Kill ‘Em All era un disco peligroso. Rust in Peace se veía peligroso. Persistence of Time se veía peligroso. Appetite for Destruction era tan peligroso que tuvieron que esconder la portada dentro del folleto.

Por lo tanto, el teorema visual estaba más que bien establecido: entre más cráneos, más heavy metal.

Diego toma el disco y le entrega al cajero lo que representaba una porción bastante grande de la economía de su niñez. Papá vio la portada y debe de haber pensado, “sea lo que sea esto, parece que mi hijo lo escogió.”

Diego llega a casa. Cuidadosamente remueve la envoltura. Coloca el disco en el lector. Observa nuevamente la portada mientras el disco empieza a girar y el aparato lee la tabla de contenidos.

La portada es básicamente un contrato legal. Una motocicleta en llamas. Un cementerio. Un murciélago gigante. Un apocalipsis demoníaco. La portada dice a gritos, “ESTE DISCO TE VA A DERRETIR LA CARA Y VA A INVOCAR ALGO DEL MÁS ALLÁ”.

Y el disco comienza a sonar, y en vez de derretirle la cara a Diego con guitarras furiosas, resulta ser una ópera de rock teatral suave de Jim Seinman (quien compuso canciones para AIR SUPPLY y Bonnie Tyler…)

Para ser justos, es algo bastante intenso, pero de otra manera. Arreglos orquestales, melodrama, motocicletas, fantasías adolescentes. Pero definitivamente no es la violencia metalera con dragones que la portada le prometió al jóven Diego.

Ese disco debe de ser la muestra más descarada de la discrepancia entre una portada y su contenido. La progresión emocional exacta fue más o menos así:

“¡Madres! ¡Ve esta portada!”
“¡Madres, cuesta dos semanas de mesada!”
“¡Madres, ya va a comenzar la primera canción!!!”
“—-“
“¿Por qué está este idiota cantando sobre cómo quiere perder su virginidad estilo Broadway?”

Diego se siente muy traicionado.

Y unas semanas después….Diego es traicionado por una portada, otra vez.

A esa edad, uno no considera la necesidad de evaluar el modelo tras un sólo fracaso. Uno piensa, “Bat Out of Hell debe de haber sido una anomalía. La heurística de los demonios y cráneos sigue siendo fundamentalmente válida.”

Un mes después, con nuevos ahorros y la confianza restaurada Diego entra nuevamente a Gandhi Libros y Discos como un pequeño capitalista listo para hacer una segunda inversión en el branding visual del infierno.

Y encuentra un disco que promete HEAVY METAL de la manera más heavy metal posible: con una ilustración de Frank Frazetta. Un vikingo imponente con un hacha, que parece haber acabado con muchos demonios en un arranque de furia abrumador.

¿El grupo? Molly Hatchet. Nunca había oído hablar de ellos. Pero, ¿”hatchet” no significa “hacha”? Eso es buen indicio. La portada parece suficientemente metalera. Frank Frazetta promete mucho:

Guerrero bárbaro / hacha gigante / doncella fantástica / musculatura de cómic / cielo apocalíptico / derrame de sangre.

Y a la hora de escuchar el disco, un boogie sureño comienza a sonar.

No es necesariamente mala música, pero para Diego de Doce Años, que esperaba algo entre Megadeth y Conan el Bárbaro, representa otra traición que es muy difícil de cuantificar.

Desde entonces, Diego ha sentido repulsión tanto por Meat Loaf como por Molly Hatchet.

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