A principios de los 2000, me entraron las ganas de tener una moto. Crecí rodeado de motos: mi padre casi siempre tenía una o dos en el garaje y las cambiaba frecuentemente conforme salían modelos nuevos o se le antojaba un cambio. Recuerdo que me llevaba al kínder en moto, mis manos abrazando el tanque de su Honda CB750. También recuerdo los ruidos y olores de las calles de la Ciudad de México durante el trayecto de nuestro departamento a la escuela. Tal vez por esa familiaridad con las motos, nunca quise una durante mi adolescencia ni las vi como objetos de rebeldía. Fue hasta mis veintes cuando la idea se plantó en mi cabeza.
Sabía que tenía que comenzar con una moto sencilla y mesurada. Brincar directamente a una Ducati 916 habría sido la receta ideal para arruinar muchos años de ortodoncia. Andar bien en moto requiere habilidad, y la habilidad se desarrolla a base de práctica. Siempre es mejor avanzar de lo básico a lo complejo. Así encontré una Yamaha XV535: una pequeña cruiser con motor V-twin enfriado por aire, muy sencilla de manejar.
Y qué buena moto fue. Una gran compañera que nunca me dio problemas, que siempre encendió a la primera y que nunca me dejó varado, a pesar de su edad y del maltrato. Era una moto que se disfrutaba más como experiencia que las motos deportivas que tuve después, que exigían concentración, una posición incómoda y no toleraban las distracciones.
Por supuesto, la publicidad y mi edad me llevaron, un par de años después, a querer una moto moderna, deportiva y rápida. Así llegó la R6.
Y ahora extraño a la Yamaha.

